Archivo por meses: junio 2020

FEMINISMO ISLAMICO

Proyectar Nación

Lic. Agostina Salman


Un acercamiento hacia un mundo más lejano que ajeno.

            A simple y primer lectura, estas dos palabras parecen expresar ideas contradictorias: podemos visualizar liberación por un lado, y obediencia por el otro. No por nada, Wassyla Tamzali cataloga al concepto como oxímoron. La abogada, escritora y militante feminista, que ha liderado los programas de UNESCO por los derechos de las mujeres durante casi veinte años, sintetiza: «es incompatible ser feminista y llevar velo»[i]. Por otra parte, la jueza y demócrata iraní Shirín Ebadí, primer mujer musulmana en recibir el premio Nobel de la Paz, apunta a la necesidad de separar la religión musulmana del régimen islámico, para así poder tener una segunda lectura del concepto. En sus palabras, «es posible ser musulmana y feminista, pero feminismo islámico es equívoco»[ii]. Entonces, ¿por qué hablamos de feminismo islámico?.

             En tiempos de reivindicación global del rol de la mujer, de reconocer sus derechos y sus realidades per se, celebramos los espacios ganados y señalamos más fuerte aquellos que aún faltan conquistar. La mujer en el islam resulta, sin dudas, un debate al que debemos atrevernos. ¿Qué sabemos de ello?. Más allá de lo propiamente establecido por la religión, existe una serie de factores culturales, políticos y económicos que inciden en la concepción de la mujer dentro de la sociedad en la que vive. Por ello resulta tan importante, tanto para los dirigentes políticos a nivel mundial como para nosotros ciudadanos occidentales, abordar el papel de la mujer más allá de la coyuntura religiosa: cómo es que un Estado islámico está por sobre la misma religión en sí, y cómo ello afecta a los derechos de las mujeres. Existe un islamismo político, de Estado, que actúa en nombre de la fe y la convierte en ley.

            El islam es la religión monoteísta practicada por los musulmanes. Su dios es Alá, su profeta Mahoma y el Corán es su libro sagrado. Es la segunda religión más grande del mundo; y basándonos únicamente en la tendencia demográfica actual, puede superar ampliamente al cristianismo como la religión más practicada del planeta en el corto plazo.[iii] Musulmán es por tanto toda persona que practica la religión del islam, y no está directamente relacionado con el fundamentalismo islámico. El término islamismo es ampliamente debatido y arroja más de un significado: puede referirse a las creencias y preceptos de la religión, o puede referir a la ideología que subyace al fundamentalismo islámico -y político-, siendo ésta probablemente su acepción más generalizada en los medios de comunicación. Solemos oír o leer este concepto en referencia a la ideología política proclamada por los yihadistas, siendo este último un término occidental para hablar de las ramas más radicales y violentas del islamismo, que apoyan la guerra santa y el uso del terrorismo, dentro y fuera de su territorio de acción. Yihad, desde la semiótica, traduce esfuerzo, obligación, sumisión. Mientras el yihadismo proclama la yihad como ley en el nombre de Alá (la sharía), otros creyentes buscan desvincular ambos conceptos. En ciudades de todo el mundo, millones de musulmanes se han manifestado contra el terrorismo, y cadenas de televisión de Oriente Medio han lanzado campañas bajo el lema «no en mi nombre”, ante la violencia ejercida por los radicales. El islamismo radical atenta contra los derechos humanos, la democracia y la seguridad internacional. Pero entonces, ¿qué es lo que pasa con aquellas mujeres que viven en regímenes déspotas, como el autodenominado califato islámico?, ¿quienes hablan de feminismo dentro y fuera del islam?.

                  El feminismo es definido por la RAE como un principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre. Si bien esta definición ha sido tema de debate entre diferentes autores, e incluso ha generado diferentes movimientos sociales y culturales, comprendemos que su origen parte de una desigualdad existente. Podemos resumirlo, para este análisis, en un conjunto heterogéneo de movimientos sociales, culturalespolíticos y económicos, que tienen como objetivo la reivindicación de los derechos de las mujeres y su condición de iguales. Cuestiona la dominación y la violencia de los varones sobre las mujeres, y la asignación de roles sociales según el género. Sus logros a lo largo de la historia han sido nada más y nada menos que el voto femenino, la igualdad ante la ley y los derechos reproductivos, entre muchos otros. Pero esto no corre para todas por igual. Túnez, por ejemplo, es muchas veces señalado como «el país musulmán feminista»: allí las mujeres pueden votar, divorciarse, abortar, postularse a cargos públicos y exigir salarios equitativos; aunque se exime a los hombres de castigo si están casados con la mujer a la que violan o trafican para su explotación sexual, y las crecientes denuncias por violencia de género quedan sin efecto en su mayoría, aún siendo enmarcadas por la ley.

            La socióloga francesa Zahra Ali, en uno de sus trabajos, reconoce el feminismo islámico distinguiendo la lucha por la igualdad de géneros en países donde el islam es la religión mayoritaria. Esta lucha apunta a la relectura crítica del Corán, desautorizando la interpretación machista y secular del profeta Mahoma. También describe el compromiso feminista de musulmanas en Egipto, Irán, Marruecos, Siria, Indonesia, Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos. Cabe destacar que es en las democracias occidentales donde las voces alcanzan más repercusión; y es que sin libertad de expresión e igualdad de acceso a las herramientas de difusión es muy difícil visibilizar las manifestaciones. En palabras de Shirín Ebadí, «si vuelvo a Irán iré a prisión, y encarcelada no les sirvo de nada». Así es como Occidente, desde su población femenina musulmana principalmente, toma protagonismo y hace propio -si no eco- el concepto de feminismo islámico. Para Sirin Adlbi Sibai, politóloga musulmana, existe un feminismo hegemónico que ha impuesto discursos sobre las mujeres blancas y occidentales, excluyendo a todas las mujeres de países tercermundistas, de otras culturas o civilizaciones.[iv] De hecho varios investigadores y académicos afines, reunidos en la ciudad de Fez (centro de Marruecos)[v], le dieron entidad al concepto anteponiéndolo al occidental: el feminismo islámico busca los argumentos en la religión musulmana para defender la igualdad de género.

            La principal y enorme distinción, entonces, yace en laincompatibilidad entre el islam como religión y el feminismo como movimiento laico. No obstante, resulta interesante pensar en una posible reforma desde adentro. Quizás proponer el movimiento desde la fe sea el único medio posible para las mujeres musulmanas. Y es que la cultura musulmana ha sido condicionada por la religión como elemento dominante, se transmitió tanto en los hogares y familias como en las escuelas y comercios, y ha impregnado todos los aspectos de la vida cotidiana con gran apego y ortodoxia. Donde la vida es regulada por cuestiones de fe y preceptos religiosos, el laicismo vaciaría su identidad. No por ello dejaría de ser válido, y radical.

            La resistencia en el mundo árabe y el musulmán nace en el mismo nombre ‘feminismo’: es una palabra rechazada, que por remitir a Occidente se interpreta como portadora de ideas hostiles a su religión. El feminismo islámico toma ciertas bifurcaciones a la hora de tratar la revisión del texto sagrado, pero no deja de apuntar a un proyecto de reforma a través de la relectura y reinterpretación del Corán, donde teólogos y especialistas coinciden en que originalmente no hay establecidas distinciones entre hombres y mujeres, ni en la práctica de la fe ni en la jurisprudencia. Aún no se escucha la palabra «igualdad» en las escuelas y universidades musulmanas, pero comienza a hablarse de feminismo islámico entre algunas mujeres como una búsqueda de equilibrio en la sociedad, de justicia entre los dos sexos. Es decir, se cree en la posibilidad de lograr cambios más inmediatos en la vida ciudadana, pero quedaría relegado o postergado el rol de la mujer, por ejemplo, en sus hogares, o en sus elecciones más personales. Aquí es donde entra en jaque la discusión del velo, por citar un ejemplo. Para muchas mujeres es símbolo de opresión y privación de la libertad, mientras que para muchas otras -militantes del feminismo islámico- es protección, dignidad y femineidad. No obstante, resulta imprescindible reconocer los grises de este debate: las mujeres que viven bajo regímenes como los talibanes en Afganistán y visten burqa[vi], son forzadas a hacerlo y no podrían si quiera opinar en voz alta al respecto, sin costarles esto la vida. Así es como llegamos a cuestionar qué es lo que hay detrás del velo, y comprendemos el poder de la elección: ejerce su libertad decidiendo vestirlo -aunque el debate reabra en cómo y por qué lo elije-.

            En palabras de Noor Ammar Lamarty, «un símbolo que oprime en una parte del mundo no puede ser un símbolo de libertad en otro». Nacida y crecida en Tánger, con 21 años, de familia musulmana y creadora de una ONG en defensa de los derechos de la mujer; Noor ha respondido mis mensajes de forma muy amable e inspiradora. En su artículo La condena del feminismo islámico, afirma, clara y valiente: «el feminismo islámico es incapaz de reinventar el estatus quo de la mujer musulmana o la mujer en el islam, está perplejo por la identidad religiosa, es incapaz de evolucionar naturalmente al margen de la creencia o de la fe. Debemos entender lo político del islam, la vida regulada por un sistema religioso que obliga a sus ciudadanos a no desvincularse de esa politización, para mantenerla como un dispositivo de control que no es opcional y que corresponde por nacimiento. En el mundo musulmán las mujeres no hemos podido escoger ser musulmanas, y si bien dependiendo de la familia el grado de obligación es uno u otro, el sistema religioso ya no es sólo familiar sino comunitario, estatal y de carácter legislativo. Tenemos la responsabilidad de decirlo: el establishment religioso en el que cabe la “ley islámica”, es misógino, es machista, es patriarcal, nos coloca bajo la potestad y tutoría de no sólo un hombre, padre, hermano u esposo, sino también bajo la de la sociedad. Somos objeto de crítica, burla y consternación social. Todo lo que hacemos con nuestras vidas se convierte en político, en algo sobre lo que implantar una ley, si esta ya no existe. Nos invisibiliza, y hace lo mismo con nuestras problemáticas, nos convierte en ciudadanos de segunda categoría aun cuando somos la mitad de nuestra sociedad, nos niega el derecho a quejarnos, a decir que no incluso a una transformación física como la ablación del clítoris.»[vii] 

            La población musulmana en el mundo es un grupo de países muy variados que van desde monarquías constitucionales como Marruecos a repúblicas democráticas como Turquía, pasando por regímenes teocráticos como Arabia Saudí y Pakistán. En Arabia Saudí las mujeres recién pudieron fumar en público o ir a estadios de fútbol meses atrás, bajo «el reformista» Príncipe Salman; mientras que en Pakistán las mujeres no pueden testificar ni estudiar, son forzadas a contraer matrimonio -y no pueden participar ni permanecer en la misma habitación donde procesa la declaración-, en su mayoría son víctimas de violencia física y sus rostros pueden ser quemados con ácido si son acusadas de «deshonrar» a sus familias. En Egipto se practica la mutilación genital femenina, y en Yemen hay matrimonios forzados con niñas de 8 años. Siendo gran parte de la población musulmana de África y Asia testigo de ocupaciones extranjeras, pobreza, guerras civiles, desigualdad social y acceso restringido a la educación, higiene y sanidad; se entiende que el feminismo llegue recientemente a la agenda. Y dondequiera que surja una crisis estatal o nacionalista, o una amenaza fronteriza a la cultura y religión, lo primero que sufre son los derechos de las mujeres.

                  Teólogas como Jolanda Guardi o Asma Barlas, en el libro Reseñas: teólogas, musulmanas, feministas, analizan el rol de la mujer en el islam a través de interpretaciones no patriarcales del Corán, destacando su beneficio para la coexistencia de la religión y la democracia en el mundo musulmán y fuera de este. Bajo este mismo lineamiento, la periodista española y musulmana Amanda Figueras, define al islam como inclusivo, si se lo logra despojar de la lectura patriarcal. En su libro Por qué el islam, introduce: «hay muchos libros que hablan del islam pero la mayoría son académicos y otros tantos están escritos por no musulmanes. El resultado: sus autores se acercan al islam como meros espectadores, cargados de sus propios prejuicios, desde los cuales construyen un discurso que, por lo general, no hace sino reforzarlos». De todas formas, coexistiría la poliginia; o la aleya que cita: «aquellas de las que temáis una conducta rebelde y obstinada, amonestadlas [primero], y [si no surte efecto] abandonadlas en el lecho y [en última instancia] golpeadlas. Pero si os obedecen no hagáis nada contra ellas». Asimismo, considerando factores como el analfabetismo y la impunidad frente a la violencia de género, el poder avasallante de las tradiciones resulta cada vez más difícil de contrarrestar.             En miras de concluir, podemos suponer al feminismo islámico como el intento de crear un espacio entre posiciones contrarias pero complementarias, que sabe que el terrorismo no es religión y busca revocar el pacto sociopolítico sin socavar la fe. En palabras de Valentine Moghadam, socióloga y jefa de la sección de «Igualdad de Géneros y Desarrollo» de UNESCO, «las posiciones extremas no permiten comprender el surgimiento de los movimientos reformistas»[viii]. La puja conceptual será inevitable: la libertad es premisa fundamental del feminismo, y hemos mencionado aquí la imposibilidad legal de incluso elegir la propia religión. Queda por delante un camino de aceptación, hacia las diferentes posturas y propias vivencias del feminismo como movimiento social fruto de la desigualdad, y también de conciencia y difusión responsable de la información. Puede éste ser un paso hacia una tardía o temprana -pero necesaria- revolución.


[i] https://elpais.com/elpais/2016/12/12/planeta_futuro/1481544684_276839.html

[ii] https://www.mujerhoy.com/vivir/protagonistas/201905/20/shirin-ebadi-vida-musulmana-premio-nobel-paz-rev-20190520012307.html

[iii] https://www.pewresearch.org/fact-tank/2017/08/09/muslims-and-islam-key-findings-in-the-u-s-and-around-the-world/

[iv] https://elpais.com/elpais/2017/01/30/mujeres/1485795896_922432.html

[v] https://www.efe.com/efe/espana/sociedad/las-diferencias-entre-feminismo-islamico-y-occidental-a-debate/10004-3995618

[vi] prenda que cubre el cuerpo y la cara por completo, dejando apenas una redecilla a la altura de los ojos (véase más en: https://people.howstuffworks.com/veil3.htm)

[vii] https://atalayar.com/blog/la-condena-del-feminismo-isl%C3%A1mico

[viii] «Globalization and social movements», Valentine Moghadam.

EL VERDADERO TRASFONDO DE LOS DISTURBIOS DE MINNEAPOLIS

LORIE SHAULL – Young boy wearing a mask at the Minnesota State Capitol in St Paul, Minnesota at the end of a “Sit to Breathe” Sit In. – JUNIO 2020

EL VERDADERO TRASFONDO DE LOS DISTURBIOS DE MINNEAPOLIS

Proyectar Nación

Lic. Macarena Acosta


 

                                                                       «Un disturbio es el lenguaje de los no escuchados» Martin Luther King

«Aquellos que hacen imposible la revolución pacífica harán inevitable la revolución violenta» John F. Kennedy

Los disturbios y manifestaciones violentas no son nunca el primer recurso, ni son una forma de protesta en sí, sino una forma controvertida que encuentran las comunidades manifestantes para liberar la tensión y la indignación de haber intentado ser escuchados por los canales considerados tradicionalmente válidos, y haber sido ignorados. Es una forma de hablar con acciones, una vez agotados los recursos dialécticos. La comunidad Afro-Americana de los EEUU lleva consigo el legado histórico de esclavitud, racismo y discriminación que por generaciones se ha constituido por medio de diversas formas –separaciones de raza, educación, pobreza, paga diferencial, y salud entre otras– como ejemplos del racismo sistemático y estructurado que los/las Afro-Americanos/as continúan padeciendo. Las estadísticas del virus Covid-19 son una muestra de la diferencia en salud, mientras que la brutalidad policíaca para con la gente de color es otra de las aristas más violentas e injustas del racismo estructural. Sigue leyendo